Hace tiempo que me sentía alejada de mi misma. Había perdido mi esencia, había dejado de ser yo para ser lo que los demás querían que fuera. Había dejado de ser el mando de mi propia vida. O quizá no es que lo fuese dejado, si no que, con los años, llegue a la conclusión de que nunca me había encontrado.
Por complacer a los demás, me hallo en un abismo de perdición ocultada tras una zona de confort que en el fondo sé que no me complace.
Ya no soy la reina de mi vida, ahora solo soy un peón.
¿Y ahora qué? me he dado cuenta tarde, quizá la idea de volver a encauzar mi vida este fuera de mis posibilidades, ¿no?
¿O será cierto que nunca es tarde para volver a comenzar?
Cierro los ojos con la cabeza gacha lamentándome de todo ello, no quiero ver la realidad, no quiero. Sin embargo, siento algo que me impulsa a que los abra y una luz radiante brillando me ciega.
¿Qué es eso? -pensé-
¿Una señal de afirmación de que no es tarde para reconstruir la vida que quiero? ¿Será que lograré sentir el brillo del reconocimiento personal por tener la vida que quiero y deseo dejando de lado los intereses de los demás si lucho por ello aún sea tarde?
Y es que, ¿de qué me vale haber crecido tanto profesionalmente si no es lo que mi alma deseaba ejercer? ¿de qué me vale estar en esta casa lujosa si no siento que me pertenezca? este no es el camino que ansiaba, era el camino que ansiaban mis padres para mí. Me olvide de mi felicidad para complacer a todos los demás. Simplemente me convertí en una sombra de mí misma que ocultaba mi verdadera esencia, mis verdaderos ilusiones y sueños. Y aquí estaba, rodeada de riquezas, sintiéndome sola entre tanto lujo, vacía, triste, fuera de mí.
Y ahora, la pregunta más difícil que me planteo, ¿por donde comenzar para volver a empezar?
Miré hacia la ventana, hacia donde la luz más irradiaba. Me sorprendí al ver lo que pareciera una representación visual de una pieza de ajedrez en el cielo levitando. Y es cuando algo hizo clic en mi mente. Pensé en un tablero de ajedrez.
Aunque sea una sombra de mi misma, sigo siendo yo. Solo estoy atrapada en esa sombra interior que ha invadido todo mi ser, pero yo mando en mi vida, y no esa sombra. Yo soy la reina de mi destino, de mis sombras y mis luces.
Un tablero de ajedrez apareció en mis pensamientos.
Si el tablero de ajedrez fuera la vida misma, en este juego a la que llamo vida, me sentiría como un peón, una simple pieza dentro de mi realidad sin importancia. ¿Pero, en realidad, los peones son tan inservibles en una partida de ajedrez? la realidad es que no. Un peón puede ser una pieza decisiva en el transcurso del avance del juego. Yo soy un peón, ahora mismo me siento pequeña pero sé que con la fuerza de voluntad y confianza necesaria, voy a permitirme ser esa pieza decisiva en mi vida y conseguir lo que anhelo.
Deje de estar metida en mis pensamientos y miré por la ventana de nuevo, la figura desapareció. Entonces, enfoque mi mirada hacia el cielo. Un cielo oscuro, nuboso, anunciando un inminente chaparrón. Qué ironía, mi vida actual está como ese cielo que hoy me aguarda. Miré a un lado de la ventana, y me di cuenta que tras toda esa profundidad oscura del cielo, una luz muy tenue brillaba en él. Y fue cuando llegue a al conclusión de que voy a conseguir derrotar a todas esas sombras y tinieblas para llegar a la luz, el brillo y la claridad a mi vida.
Cerré los ojos y volví a pensar en un tablero de ajedrez para re-enfocarlo en mi propia vida.
Ese peón soldado tiene que tirar hacia delante en busca del éxito en esa tabla de ajedrez, no infravalorándose, si no sabiendo de su valor por mucho que los demás quieran hacerle sombra. Este pequeño peón tiene que convertirse en caballo para ser el jinete de su propia vida, allanar su camino y saltar todos los obstáculos que encuentre de la mejor manera posible sin desanimarse del duro camino que haya que cabalgar. Este jinete, para no perderse por el camino, también tiene que tener personas alfiles a su alrededor; personas vitamina que te levantan en los peores momentos y te alientan a no rendirte, que te aconsejen. Pare de reflexionar sobre el tablero de ajedrez un momento para pensar quien seria mi persona vitamina en este duro camino... sin duda, sí, mi mejor amiga. Ella seria mi apoyo. Si no fuera por ella, jamás hubiera llegado a la conclusión tan importante de la que me hallo esta noche, o hubiera tardado más tiempo. Un caballo, yo. Ella, mi alfil. Juntas, mate.
Encauce de nuevo mi pensamiento al juego del valiente peón en su jugada de ajedrez, que sería la propia vida.
Después del peón convertirse en un jinete de su propia vida y de luchar dentro del campo de batalla, lentamente, conseguirá encontrar la torre. Lo seguro, lo que desea, lo estable, lo que tanto tiempo ha estado esperando y luchando por conseguir. Conseguirá derrotar a los fantasmas del pasado y hallarse en la tranquilidad ansiada.
Y, después de haber conseguido ser su mejor versión, amarse a si mismo y darse su valor, este jinete podrá convertirse en rey de su propia vida, de su propia esencia, hallarse en él mismo.
Y, como todo rey, este rey ''necesita'' a su reina, y aunque esto último no es algo tan importante en realidad y quizá no sea tanto una necesidad en la vida, es cierto que el amor es una parte esencial de la vida. Es una sensación asombrosa y maravillosa, que consigue que la realidad tan oscura en su exterior sea mas bonita en nuestro interior y en nuestra torre. Nuestra alma sonríe más cuando tenemos a nuestro lado a alguien que nos complementa, nos cuida y no por necesidad ni otros indoles superficiales o materiales, si no por una decisión firme evocada por la pasión e influenciada por una conexión sentimental arrolladora con esa única persona.
Sí, sin duda, conseguiré ser ese peón en mi vida para tener ese final que él ha conseguido con esfuerzo. Voy a adueñarme de mi propio tablero de ajedrez, y hacer mi mejor jugada.
Llegue a la conclusión de que no es tarde, de hecho, nunca lo es.
Cerré los ojos satisfecha de las conclusiones sacadas y esperanzada de mi ansiado futuro y esperando que también todo esto significase el preludio de un brillante cambio, dando las gracias al cielo y a ella. La que puso las figuras indicadas para iluminarme en mi tablero de ajedrez, para volver en mí.
Después de unos segundos, volví a abrir los ojos y fue ahí, cuando descubrí que estaba en lo cierto. Fue rápido, y quizá fuera una ilusión. Pero, una sombra paso por delante de mi, una sombra que brillaba por si misma, una sombra que destelleaba luz. Una sombra que representaba lo que parecía ser la pieza más importante de mi tablero de ajedrez, pero que en realidad está por encima de todas las piezas existentes. Mi abuela Petra.

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