Nuevo reto. Habitando el dolor ajeno: Poniéndonos en su piel.
En este espacio, me propongo habitar realidades que a menudo se silencian: el bullying, la violencia de género, la discriminación... a través de pequeñas historias.
El objetivo de este reto es claro: crear consciencia. Busco ponernos en la piel de quienes viven estas experiencias. Pero la consciencia que anhelo va más allá de la empatía pasiva; pretendo abrir los ojos de quienes atraviesan situaciones similares, ofreciendo a través de mis letras un faro de apoyo y una mano tendida. Mi motivación es la de inspirar la búsqueda de ayuda, y, en última instancia, movilizar hacia un cambio real, para que las experiencias dolorosas que exploramos en estas narrativas dejen de repetirse.
En este espacio, me propongo habitar realidades que a menudo se silencian: el bullying, la violencia de género, la discriminación... a través de pequeñas historias.
El objetivo de este reto es claro: crear consciencia. Busco ponernos en la piel de quienes viven estas experiencias. Pero la consciencia que anhelo va más allá de la empatía pasiva; pretendo abrir los ojos de quienes atraviesan situaciones similares, ofreciendo a través de mis letras un faro de apoyo y una mano tendida. Mi motivación es la de inspirar la búsqueda de ayuda, y, en última instancia, movilizar hacia un cambio real, para que las experiencias dolorosas que exploramos en estas narrativas dejen de repetirse.
Me miro en el pequeño espejo que aguardaba los restos de mi yo anterior; es lo único que queda de mi, lo que me hacía recordar esa existencia previa. Cada día esa imagen se desvanece, reemplazada por la de una extraña. Los ojos, que antes brillaban con múltiples sueños, ahora son pozos oscuros que vigilan, que temen, que lloran.
Al principio no era así, me valoraba y respetaba. Poco a poco esto fue cambiando, sin que me diera cuenta de pequeños detalles que deberían haber encendido mis alarmas, o me engañaba a mí misma haciéndome creer que no eran una advertencia. Para cuando quise reaccionar, era tarde.
Roswell criticaba mi forma de vestir, hacía bromas sobre mi cuerpo o mi propia valía en diferentes situaciones cotidianas, discutíamos por celos inexistentes, criticaba a personas de mi entorno e intentaba alejarme de ellas con excusas.
Luego llegaron los controles: revisaba mi teléfono, al principio a escondidas, después delante de mi. Sus celos fueron cada vez más obsesivos y me alejó de cualquier persona con quien pudiera socializar. Ingenua de amor... fui ingenua por confundirlo todo con amor.
Una noche, su mano se levantó. Se enfureció por un simple ''me gusta'' en Instagram de un viejo amigo de la infancia con quien retomé el contacto hace unos meses, me instigó a preguntas y cualquier respuesta era nula para él. Por mucha verdad que dijera, pensaba que mentía y que le estaba poniendo los cuernos. Su mirada de odio, sus gestos... me dio miedo. Esa noche algo se rompió en mí, sentí por primera vez miedo y dolor. No fue solo el dolor físico, sino darme cuenta de que la persona que decía amarme me estaba destruyendo.
Al día siguiente, mientras me maquillaba para cubrir los moretones, mi mente no paraba de dar vueltas. Mi rostro asustado delataba que no sabía como sobrellevar todo esto. El eco de su voz seguía resonando en mi cabeza, diciéndome que no valía para nada, que era una infiel, que sin él no era nada ni nadie, que nadie de mi entorno me quería salvo él. Una lágrima frenó todos esos pensamientos.
Esa noche se repitieron muchas veces, no fue de manera aislada. Me di cuenta de que siempre era el mismo patrón: pasábamos unos días bien, después buscaba algún motivo de discusión, una chispa encendía toda su furia y acababa por arrepentirse para volver a hacerlo unos días después.
Un día, di un pequeño paso. Llamé a una amiga, con la voz temblorosa. Una chispa de esperanza y positividad irradio mi alma; esa pequeña ayuda me hizo darme cuenta de que no estaba sola, y de que nunca lo había estado, pero llegué a creerme todo lo que Roswell me decía. Gracias a los consejos de mi amiga, me vi capaz de dar el paso, y todo empezó a cambiar.
Ahora vuelvo a mirarme en ese mismo pequeño espejo. Mi mirada firme ensombrece todo lo que fui, poco a poco me reconozco y vuelvo a ser yo. Es un proceso lento, pues aún sigo teniendo pesadillas y tengo dificultades para volver a confiar, pero confío en el apoyo que estoy recibiendo y en la terapia. Ahora mis ojos brillan con esperanza hacia un futuro.

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