Abrí los ojos poco a poco. Estaba tirada en el suelo, rodeada de rocas y con la cabeza dándome vueltas. El teletransporte había sido tan brusco que todavía me sentía mareada, pero intenté levantarme como pude.
Miré hacia arriba: había nubes negras, pero se notaba que el sol intentaba salir para iluminar el camino. A los lados, vi dos formaciones rocosas que parecían puños gigantes llenos de plantas secas. A mi izquierda había un lago enorme, aunque a pesar del agua, todo a mi alrededor se sentía árido. Lo más raro es que, en el fondo de ese lago, se veían espejos.Cerré los ojos un momento, deseando que fuera un sueño y que pudiera volver a casa. Pero al abrirlos, me llevé el susto de mi vida: ahí estaba Ares, el dios de la guerra. No me lo podía creer. En cuanto me vio, movió la mano y sentí un temblor extraño en mi mente. Luego giró su lanza, el cielo se puso negro de golpe con una tormenta eléctrica y, sin poder evitarlo, sentí que el espejo más cercano me absorbía.Cuando abrí los ojos de nuevo y me recompuse, miré hacia adelante. Estaba en mi escuela, años atrás. Me veía en el reflejo con quince años. El espejo empezó a retorcerse, mostrándome una versión de mí misma como un pececito albino en un estanque demasiado grande: llena de sensibilidad, pero con la autoestima por los suelos.—¡Eh, espectro! Tus padres te deben querer poco para dejar que te tiñas el pelo de ese blanco canoso. ¡Pareces una vieja fantasma! —se rieron todos en sintonía.Levanté la mirada hacia esos cinco compañeros que me hacían la vida imposible desde el año pasado. Cada día iba a peor, pero yo nunca decía nada; no me veía capaz, me moría de miedo. Me sentía sola. Me había alejado de mis dos únicos amigos porque me encerré en mi propio mundo, y sentía que el resto de la clase también se reía de mí.—Bicho raro, ¿puedes hablar? ¿Te ha comido la lengua el gato?Bajé la mirada y me vi las manos llenas de esas enredaderas rugosas que vi en el otro mundo. Intentaba quitármelas, pero me apretaban y me frenaban. Alcé la vista al cielo y una neblina roja oscura apareció como en un sueño. Ares me miraba desde arriba:—Astra, frena esto. Da la cara, no bajes la mirada. Ve y cuéntaselo a los profesores, a tus padres... ¡Dilo! No te calles, no tienes que aguantar esto. ¡HAZLO!Miré a Ares y después a mis abusones. Él insistió:—¿Hasta cuándo vas a dejar que las enredaderas te ahoguen, Astra? Tu fuerza no es huir, es aprender a nadar en la tormenta. ¡Rompe esas cadenas!De repente, estallé en una mezcla de emociones intensas y solté un grito. Me cansé de ver cómo mi "yo" del pasado se hacía pequeña. Sentí un calor extraño en el pecho, una fuerza que nunca había dejado salir. Miré a los chicos a los ojos y, por primera vez, no aparté la vista.—¡BASTA! —grité con todas mis fuerzas.En ese momento, las enredaderas de mis manos se deshicieron y me sentí libre por fin. Una onda de energía me rodeó como una barrera transparente y brillante. Los chicos se quedaron quietos, asustados, al ver que ya no podían hacerme daño. Ares, desde algún lugar, soltó una carcajada de orgullo. Había dejado de huir hacia adentro para empezar a brillar hacia afuera.Miré fijamente a mis abusones y eché a correr hacia el despacho del director. Me temblaban las piernas y tenía un nudo en la garganta, pero no me detuve. Entré de golpe, asustándolo un poco.—Necesito hablar con usted —dije. Mi voz salió bajita al principio, pero poco a poco se hizo firme—. No voy a seguir escondiéndome. Esto es lo que está pasando y necesito que se detenga ya.En ese instante, sentí que algo dentro de mí se desbloqueaba. El cristal del espejo empezó a brillar con una luz blanca purísima. Ares apareció detrás de mí, como una sombra protectora, y puso su mano en mi hombro. Antes de poder decir nada más, el brillo me envolvió y aparecí de nuevo en el reino rocoso donde empezó todo.
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Primer Capítulo de Astra y el Mapa del Alma

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